martes, marzo 11, 2008

Y tendremos que morirnos al final

Tengo mucha suerte de vivir en el siglo XXI. En serio. Nunca ha tenido el ser humano tantas y mejores posibilidades para hacerse a sí mismo como un ciudadano de a pie de occidente en esta época. La cultura, aunque oculta entre toneladas de basura regurgitada por la televisión y otros medios, está accesible para quien esté realmente interesado en ella. Hay herramientas para modificar el cuerpo y la mente, para dominar las emociones. Soplan aires de libertad. Somos más amos de nosotros mismos que en cualquier momento del pasado.

¿Y qué estamos haciendo con ello?

Tener una educación que da pena, unas aspiraciones que no van más allá de llegar a la noche y encender la tele, una clase política idiotizada e idiotizante, una sociedad que se contrae sobre sí misma orgullosa de sus logros en vez de mirar hacia arriba, hacia las cumbres. Mujeres que siguen siendo asesinadas por sus maridos, maridos que siguen sangrando ante los abusos de sus esposas y de los abogados de éstas, hijos que nunca entenderán la razón de tanta sinrazón, hermanos del dolor, primos-hermanos de la necesidad que decía Sabina. Inmigrantes que se encuentran con miradas de asco y reprobación en cualquier autobús, mujeres que intentan correr sobre tacones, se chocan contra el mundo y culpan a éste de su caida. Pena y dolor. La infame condición humana sale cada día a pasear en este mundo edulcorado y pintado a medias de un rosa apagado.

Todo esto anterior da una idea de algo que para mí es cristalino, y es que tenemos mucho que olvidar si queremos que el futuro traiga algo que merezca la pena. Pero olvidar de verdad, no dejar de recordar. ¿Y cómo se come eso?

Hace poco leía en una columna del Capitán algo que me removía por dentro. Se trataba del relato que hacía sobre una recreación histórica de la batalla de Tudela hecha por asociaciones francesas y españolas. Fue una batalla cruenta como todas entre el ejército napoleónico y los regulares españoles. De eso hace ya dos siglos. Pero lo relevante del asunto es que en esa batalla, conmemorada como algo importante, los que perdieron fueron los españoles; y no importa, porque ese odio que impulsaba a nuestro compatriotas a acuchillar a cualquiera que fuera o pareciera francés sencillamente ya no está. Queda el orgullo de saber que hubo gente que peleó con bravura y se dejó la vida en aquel campo por defender lo que era suyo, pero no odio. Sí, los de enfrente resulta que eran franceses pero eso ya no importa.

Tal vez dentro de dos centurias, aquellos que vivan aquí, los descendientes de unos y otros, exista o no exista esta corrala, sonrían conciliadores. Tal vez el genial Carl Sagan tenía razón cuando decía que el motor de la evolución son el sexo y la muerte. El sexo para intercambiar material genético y perpetuar las especies, y la muerte sencillamente para dejar sitio a las nuevas.

Sí, es simple. Tendremos que morirnos para que ese saco de lágrimas y frustraciones que llevamos a la chepa muera con nosotros. Dejaremos espacio vacío y lo que venga a ocuparlo ya será responsabilidad de los que vengan. Y a algunos, los menos, tal vez se los recuerde por sus buenas acciones, actos que harán de éste un mundo mejor para nuestro hijos, y los hijos de nuestro hijos. No estaremos para verlo, pero es lo que toca.

1 comentario:

Foxstar dijo...

No hay batalla que no sea cruenta, ni lucha que no se lleve por delante lo que pille. sin embargo, no sólo de lágrimas y muerte se compone la vida. A menudo, lo difícil es ver todo lo bueno que nos rodea, saber apreciarlo, aprovecharlo y valorarlo.

Incluso de las derrotas, Marinero, aprendemos...sobretodo, de ellas.

Espero verte pronto, amigo :)